
Mis ojos se abrieron lentamente, la luz que estaba a mi alrededor lastimaba un poco mi visión. Percibía una bruma fantasiosa que me rodeaba, su aroma era una combinación de almendras dulces y cereza que atrapaban el olfato, pero no lo irritaba. Extrañamente sentía que me adentraba profundamente a un mundo extraño, un mundo entre surrealista y lógico.
El ambiente se encontraba entre cálido y húmedo, una sensación agradable de invernadero. Sabía que esto no podía ser real, era una circunstancia muy peculiar. Era un sueño realmente; de alguna forma extraña me encontraba en el sopor que se presenta justo antes de poder despertar y la percepción consciente de nuestro entorno, pero brevemente atrapado en una ensoñación vaga y combinada con mi infancia y mi presente.
Mi andar parecía como si flotase y no tocara el suelo, por momentos me percibía flotando, pero sintiendo un asfalto suave y vaporoso a cada paso. Me encontraba caminando a través de una avenida larga y muy familiar, las casas que se erigían a mis lados realmente me hacían recordar cosas. Jamie venía pedaleando aquel triciclo rojo y viejo, pero realmente no se veía nada viejo, parecía recién comprado y Jamie no tenía 32 como ahora, era el pequeño Jamie de 5 años que tanto me seguía a todos lados.
- Hermano mayor – me dijo en aquella tierna y simpática vocecita que tenía – vamos, mamá te espera-
- ¿Mamá? – madre había muerto hace tanto, que extraño puede ser un sueño, revivir a alguien que no existe desde hace mucho – llévame con ella Jamie.
Jamie tomó mi mano con sus pequeños deditos y me dirigió al interior una casa que sabía que no era como en la que viví, pero realmente se sentía muy acogedora.
Escuché ruido de trastos y movimientos de utensilios en la cocina. Podría ver a mamá una vez más. Hacía tanto que añoraba verla una última vez.
- ¿Eres tú hijo? – grito mi madre desde la cocina, mi corazón retumbó – Ven cariño, se hará tarde.
¿Tarde? ¿Para qué? Corrí ansioso a la cocina y me paré en el marco de la entrada. Allí estaba ella, tan hermosa y cariñosa como siempre lo fue, pero joven, sumamente joven, muchos años antes de que muriera.
- Corre mi vida, el transporte se irá – dijo sin voltear realmente, apresurada con el refrigerio que preparaba – No querrás que te dejen.
Corrí a espaldas de ella y la abracé con todas mis fuerzas. Mi madre estaba allí nuevamente, ella me acaricio el cabello y me dio un beso en la mejilla.
- Apresúrate, amor, debes llegar.
- No madre, yo me quiero quedar contigo, aquí, para siempre. – la abrace más fuerte.
- No puedes cariño, el tiempo no espera y tú debes continuar.
- No quiero, quiero quedarme a tu lado.
- Perdón cariño, solo termino esto y tienes que irte, yo aquí seguiré. Pero tú, debes continuar.
Me extendió una bolsa de papel con mi refrigerio y tomé su mano y la besé tiernamente.
- Anda cariño, el transporte te dejará y no quieres perderte el paseo. Apresúrate.
Solté su mano y con el dolor agudo en mi corazón, sabiendo que no la volvería ver nuevamente, mi mente sabía que debía salir para continuar. Salí por la puerta, pero quise regresar a verla nuevamente, pero al voltear, solo pude ver el día de su funeral nuevamente y no quise revivir eso. Fue un momento tan agradable el que tuve hace unos segundos, no quería borrarlo con el dolor de un recuerdo tan amargo. Ya hacía tiempo que no había pensado en el día que me tocó ir al campamento, madre me preparó el refrigerio de la misma manera y yo la abrace así, de haber sabido que años más adelante, ya no estaría, hubiera preferido pasar el día con ella.
Así que seguí mi camino, sabía que el sueño no proseguiría por allí. Al final del camino de piedras se encontraba la parada, el camino comenzó a convertirse en un riachuelo y a lo lejos podía ver un gran barco de papel que se acercaba navegando a donde yo me había parado.
Subí y el barco siguió navegando, mientras pasaba, mi alrededor me trajo una serie de memorias que me hicieron recordar cosas de mi vida. Viejos juguetes, viejos amigos, nuevos amores, intensos dolores. Todo un camino que me llevaba a final poco cierto.
El barco proseguía su camino y se acercaba a un punto que parecía ligeramente amenazador, los hermosos arboles y vegetación que había, comenzaban a quedar atrás. Los juguetes, recuerdos y amigos empezaban a ser sustituidos por imponentes piedras y picos de minerales, el riachuelo parecía desaparecer más adelante.
Mientras avanzaba, sentía la terrible ansiedad de estar llegando a un punto donde era incierto, la oscuridad envolvió el ambiente, los sonidos armoniosos dieron paso a los ecos resonantes y ligeramente escalofriantes de una cueva que parecía sin final.
A mi paso podía sentir y las emociones más complicadas que alguna vez llegue a experimentar. Recordé el llanto y sufrimiento al perder a mi madre, el dolor de crecer y la fatídica sensación de vacío tras dejar a alguien que alguna vez significo algo en tu vida. Sentí el miedo que me embargaba el enfrentarme a la vida solo, la ansiedad de la incertidumbre y el peso de las decisiones en que falle. Me sentía realmente abrumado. Mi mente se sentía desfallecer. A lo lejos percibía una luz muy brillante, que comenzó siendo un punto y fue creciendo hasta llegar a ser muy deslumbrante.
Entendía que el sueño estaba llegando a su clímax, el sueño estaba por terminar, pero me preocupaba realmente como lo iba a hacer.
Y entonces, cuando el punto más brillante de la luz me cegó, comencé a percibir entre la luminosidad, la silueta definida y delicada de aquella esperanzadora figura. Los rayos intensos que penetraban en mis ojos no me permitían ver correctamente a la silueta que tenía por delante.
- Tranquilo – dijo – No debes de temer.
El barco choco con unas rocas y caí al suelo de este. Escuche la dulce risa de aquella fémina no identificada. Mi desconcierto fue mayor cuando se asomó por le borde de la embarcación. Deslumbrante, fantasiosa, gloriosa.
En mi vida había visto semejante visión. Su mano me extendió y me ayudó a levantar.
- Amo verte una vez más, tenía tanto tiempo sin que vinieras.
¿Venir? ¿A dónde? ¿Quién era ella? Su voz me resultaba peculiar, como si la hubiera conocido de siempre. Caminamos por la orilla de aquel riachuelo. Recuerdos embargaron mi memoria. Sabía que ya había estado allí muchas veces antes. Ella era la indicada, ella era para lo que tuve que prepararme en el camino, la etérea versión del amor que yo anhelaba, que mi madre me enseño en un principio y que ella representaba.
Tomó mis manos entre las suyas y recostó su cabeza sobre mi pecho con cariño.
- Disfruto mucho cada que vienes, pero es momento. Estaré esperando nuevamente tu regreso, sé que llegará el día en que no tendrás que marcharte, que podrás habitar aquí conmigo, en este mundo de sueños. Pero aún no entiendes que puede ser real y es por eso por lo que debes marcharte
- Pero, yo quiero quedarme.
- No puedes.
- ¿Por qué?
- Por la misma razón que tu madre se desvaneció. Mientras no comprendas que este mundo es tan real como el tuyo, jamás podrás habitarlo. Pero no tardes mi bien. Se que lo lograras. Por ahora, posaré mis labios en los tuyo y esperaré ansiosa tu regreso, hasta que un día no tengas que irte más y pueda estar en tus brazos y tú en los míos.
Me beso tiernamente, mientras una extraña sensación invadió mi corazón. Entendí que la amo, pero aún no sé cómo quedarme.
Desperté, agitado, extrañando aquel inmenso y fantasioso mundo. Sé que la veré otra vez y que necesito entender que puedo morar allí. Pero mientras lo hago, como todo sueño, comienzo a perder los detalles de esas vivencias y se empiezan a albergar en el registro de mi memoria y ella, comienza a ser una vaga sensación de calidez, pero incertidumbre.
Algún día entenderé como quedarme, mientras tanto, la mantengo en mi ilusión, la amo, pero no puedo tenerla.
