Su figura se acercaba hacia mi. Comprendí que no podría escapar. Había llegado aquel momento que tanto temí que ocurriera. A paso firme se acercó. Sonrió. Tuve que sonreír. Sus ojos reflejaban curiosidad, mis manos ansiedad. Acomodó sus gafas correctamente, pasó su mano por el cabello negro brillante que tenía y se dispuso a platicar.
– Oye, hombre. Pero cuanto tiempo ha pasado – Exclamó con voz fuerte y varonil. Como la de aquello locutores de voces profundas que buscan atraerte con el sonido simplemente. – Qué gusto me da verte hermano – extendió su mano y me dio un fuerte apretón, después un gran abrazo… Aquel que le das a los viejos amigos que tanto has querido.
– oh, ¿qué tal? – mis labios pudieron pronunciar – tienes razón, tanto tiempo. – respondí
En mi mente se revolvían todo tipo de pensamientos. Un susurro en mi interior se repetía… «asesino, asesino»… Su recuerdo inundó mi cerebro… Aun recuerdo su figura a la distancia, aquella tarde de verano cuando el sol estaba por morir. El sol dorado contorneaba su grácil figura mientras yo contemplaba el espectáculo. Esa misma noche se durmió, se durmió para nunca despertar. Percibí en su mirada el dolor, el vacío y el penar. «Asesino, asesino»… Repetía mi cabeza.
Aquella hermosa tarde se apago su luz con la trágica noticia. El la había olvidado, continuaba con su vida y ella, ella no sabía ya como continuar.
Un paro, pronunció el doctor, paro cardíaco fulminante. Sólo yo sabía la verdad. La cruel y triste realidad de su deceso. El dolor. Ese gran dolor que sintió al enterarse que el hombre que amó no sería para ella, sino que pertenecía a otros brazos.
Podía ver como se extinguia poco a poco junto al sol. ¿Cómo llamar amiga a la que te apartó del amor que anhelaba? «Asesino, asesino» repetía mi cerebro. Y es que como culpar a su amiga si jamás supo la verdad. Que el hombre que esa tarde desposo, significaba el mundo para mi querida hermana.
¿Acaso no era justo que recibieran algún castigo? ¿Es tan sencillo que alguien cometa un cruel y despiadado asesinato sin siquiera sufrir las consecuencias?
– Y ¿Cómo estás querido amigo? Me enteré de lo sucedido – me dijo – Lo lamento en gran manera.
¿Escuche bien? ¿Lo lamenta? ¿Cómo puede ser tan despiadado?
– ah, sí, es verdad – respondí – Estoy bien.
¿Estoy bien? ¿Qué he dicho? No estoy bien, para nada. Ella se me fue de las manos, la pequeña de la familia se apagó. ¿Cómo puedo estar bien? ¡Policía! Mi mente sugería, ¡Policía! Llevense a este asesino a sangre fría. Su arma, el desamor; el cruel, frío y despiadado desamor. Su víctima, una dulce joven que por error lo conoció. Que cometió la imprudencia de enamorarse de un extraño al que creyó un amigo. «Asesino, asesino» mi cerebro repetía.
– Te admiro hermano – insistió – yo jamás podría estar tan bien como tú ante tales circunstancias.
¡Difamación! ¡Mentira! ¡Que lo encierren! Como osa perturbar mi pena y mi dolor. ¿Que intensión persigue al molestar al monstruo contenido en mis entrañas que carcome mi interior y desgarra mi ser? «Asesino, asesino».
– Pues, intento no pensar – mis labios alcanzaron a musitar.
¡Policía , policía! Encierren a este hombre antes de que tengan que encerrarme a mí por tomar la justicia en mis manos. ¿Cómo pudo hacernos esto?
– Hermano, realmente la quería – brotaron sus palabras llenas de veneno – si no fuera por ella, jamás habría encontrado el amor – la sangre me hervía – mi querida esposa fue su mejor amiga, si tu hermana no me la hubiera presentado probablemente tu y yo seríamos cuñados.
Que tortura, que osadía y ¿culpar a mi querida hermana de su propia muerte? «Asesino, Asesino» repetían mis entrañas.
– En fin – continuó – tu querida hermana me hizo muy feliz y hubiera deseado lo mismo para ella y mucho más.
«Asesino, asesino» ¿Acaso no comprende lo intenso de su boca? ¿No lo ve? Y ¿cómo incriminarlo? ¿Cómo hacer justicia? Sin evidencias, sin pruebas ni pistas… Solo conjeturas… No puedo lograrlo. Preferiría me mostrará hostilidad a esa bondad que tanto lo caracteriza.
Esbocé una sonrisa, fingiendo ser sincera. Y dije :
– Gracias, aprecio tus palabras – si tan solo no le debiera yo la vida.
Y es que poco tiempo después de que lo conociera… Salvó mi vida, heroicamente. Sacándome de aquel establo en llamas pero hubiera preferido arder allí que sufrir la ausencia de la pequeña y querida hermana mía.
– No olvides que mi esposa y yo siempre tendremos un lugar en nuestra casa para ti… Visitanos cuando quieras, después de todo tu lograste que yo me casara – mi cara se desfigura, mi respiración se aceleró y mis ojos se mostraron inquisitivos
– ¿Yo? – dije preocupado – ¿A qué te refieres?
– ¿Qué no lo recuerdas ya? Tu me dijiste que debía aprender a ser feliz, que le diera una oportunidad a mi alegría y aprendiera a disfrutar lo que tenía, que no dejara pasar el amor que yo sentía. Y aquella misma tarde le propuse matrimonio a la bella dama que hoy puedo llamar esposa.
Mi sangre se congeló, mi rostro se desfiguró y mi corazón se detuvo «Asesino, asesino, asesino, asesino», me repetía una y otra vez… Yo la mate… Yo rompí su corazón… Jalé del gatillo hipotéticamente y condené a mi hermana. Pero es que estaba convencido que él hiría y desposaría a mi hermana… Jamas imaginé que su intención no era esa.
Él se despidió, dio media vuelta y se alejo. Al poco rato comenzó a llover, aún seguía parado allí, inmóvil, inexpresivo… Como si yo también hubiera muerto. Tanto tiempo culpe a una persona que no era y jamás apunte en la dirección correcta… En mi dirección… Asesino, asesino, era yo. Y viviré con el pesar de haber matado a mi hermana sin siquiera haber movido un dedo.
