Thoper se encontraba sentado en su cama nuevamente. No había sido una noche nada fácil. Su mirada contemplaba fijamente la foto de Ella. Tan sólo unas semanas atrás aún la había tenido entre sus brazos y hoy, ya no estaba a su lado.
El la amo desde el principio y mucho antes. Su mente sabía que ella vagaba por la vida lejos de él, pero al final confiaba en que la encontraría. Ariadna era su nombre, aquel nombre que sus labios tantas veces pronunciaron y que ahora no lo harian más.
Es tan duro esperar que alguien regrese y saber que nunca lo hará.
Thoper no entendía, no comprendía la razón de tal sazón. Eran tan felices juntos y parecía no tener fin.
Que diferente es la vida cuando ya no está quien la alegraba.
Su último recuerdo de ella fue ver cómo la tomaba aquel hombre entre sus brazos y entraba en aquella habitación.
Hay corazones que se rompen tan fuerte que puedes escuchar cada pedazo al quebrarse.
Despertar cada mañana se volvía tan complicado, respirar tan imposible.
Cada noche que caía, descendía en su ser el más oscuro de sus pesares.
Y es que hay ojos que no derraman lágrimas aunque el interior derrame un chubasco.
Aun podía ver su hermosa figura, los bellos cabellos dorados que adornaban su cabeza tan imperfectamente ideal.
Esos ojos de avellana que brillaban en cada parpadeo.
Pero todo terminó, nada es ya cómo lo fue. Ese cáncer terminal arrancó la vida de tan preciado tesoro.
Aquel hombre de blanco, tomándola en sus brazos la introdujo en aquella habitación con el último atisbo de esperanza de revivirla una vez más.
Y es que hasta el mejor doctor se ve inútil cuando la vida se despide de un cuerpo.
Topher aún lo sentía, aún pensaba en la cruel transformación que Ariadna enfrentó.
Cada hermoso cabello que sucumbió, cada parte de su cuerpo que se marchito y cada brillo de sus ojos que se desvaneció.
¿Cómo es que él no pudo hacer nada?
Deseaba darle su vida en vez de verla acabarse paso a paso.
Y es que es tan difícil ver desaparecer lo que hace que tu cuerpo se queme por amor.
Topher miraba con fijeza su fotografía, hace unos ayeres aun podía sentirla. Y hoy, simplemente no lo volvería a hacer.
¿Y acaso alguien podría culparlo por no tener la fuerza de ver los restos de lo que un día fue la chispa que daba vida a su existir?
Pero él se culpaba internamente, cíclicamente su pensar lo consumía.
Y rodaba un intento de lágrima, que más que lágrima eran los residuos fatídicos de todos los sueños e ilusiones que jamás llegarían a ser.
Topher miraba con fijeza su fotografía y deseaba en su corazón que Ariadna no hubiese cerrado esos ojos avellana que brillaban en cada parpadeo por última vez.
«No sufras amor, es mejor así, tú me amaste y yo lo hice más, déjame ir y se feliz… Cumple los sueños que tanto deseamos» y entonces Ariadna suspiró y expiró.
Topher contemplaba fijamente la imagen de la que una vez fue su amor intenso. Comprendía lo mucho que dolía, pero entendía lo importante de ser fuerte…
Asi que allá fue, se levantó, tomo su ropa y salió una vez más… Para nunca regresar… Los sueños de su amada serían su camino.
Topher contempló fijamente su fotografía y dejó su amor plasmado y su eterno palpitar quedó supracitado.
Nunca olvides amar cuando es importante, tal vez sea de las últimas pero es mejor que cuente en realidad.
