
Esta mañana desperté y tuve una sensación muy extraña.
No era soledad, tengo demasiado tiempo sin ti.
Tampoco dolor, ¿cómo puede doler algo que ya cerró?
Menos añoranza, no creo que tenga sentido pensar en ti.
¿Qué era lo que estaba sucediendo? ¿Qué me pasaba?
No sentía tu ausencia, como hacerlo si nunca estuviste.
No podía ser desesperación, había aprendido a controlarlo.
La asfixia se había ido, esa presión en mi pecho ya no estaba.
¿Entonces qué podía ser? ¿Cómo saberlo?
Me levanté de la cama, era muy temprano aún,
Caminé nuevamente por donde tu solías estar.
Repasé cada lugar donde te parabas.
¿Por qué se sentía tan peculiar? ¿Qué era realmente?
El alba era aún tenue. Apenas pintaba el cielo.
Decidí beber un café, seguro me lo quitaría.
La humeante taza ya no dibujaba tu rostro,
Como acostumbraba no hace mucho.
¿Por qué no podía pensar con tanta claridad?
Mientras sorbía, percibí más sensaciones.
No era intranquilidad, ya había consolado a mi corazón.
No era ansiedad, no estabas para generarla.
La mañana transcurrió y mi vida avanzó,
La vida ajetreada a la que estamos acostumbrados.
La luz acompañó mi camino, pero era particular,
Una luz diferente, pacífica, deleitable.
Me detuve un momento y noté que el viento cambió,
Ya no susurraba tu nombre a mi alrededor,
No traía el aroma de tu piel a mis narices,
Ya no más. Olía diferente, a vainilla y quietud.
Mis pasos continuaron, entendí que algo se había ido.
No fuiste tú, ya lo habías hecho previamente.
No me sentía solo, disfruto mucho de mí mismo,
No estaba triste, el sosiego resulto ser buen amigo.
La penumbra comenzaba a reinar, el sol emitía su naranja despedida,
Ingresé nuevamente al departamento, el silencio me acogió, cálidamente.
No esperaba verte ya, realmente ya no lo deseaba, me gustaba estar conmigo.
Me senté en el sillón, escuché a los niños jugar y al perro ladrar, entonces lo entendí.
En esa paz, en ese silencio, en esa quietud;
Comprendí que no me hacías falta más,
Que tu recuerdo era solo eso,
Que no te necesitaba para poder respirar.
Que dolió y que lloré y que quise morir,
Pero me enseñó a ser diferente, a ser mejor,
A entender que primero me amo yo,
Que primero debo de ser feliz y no “hacer feliz”.
Que no estabas más aquí y eso estaba bien,
Que disfrutaba la persona que nuevamente soy,
Que no dependía de ti o de alguien sino de mí.
Que realmente siempre había sido feliz,
Pero no me dejaba verlo así.
Y en la quietud y en mí paz, entendí que era todo lo que necesitaba,
Quererme, cuidarme, entenderme y apreciarme.
Comprender que la felicidad no estaba a tu lado,
Que podías hacerla más viva, pero no me la dabas.
Que la felicidad vive en mí, en mi interior y no se va,
Pero a veces la obligamos a esconderse, a correr aterrorizada.
Y fue entonces que comprendí que una quimera habías sido,
Que te idealicé de forma errónea, que te vi de forma irreal.
Y qué el poder que tenías sobre mí, te lo había dado yo;
Pero siempre moró conmigo, no me lo habías robado.
Que la vida es bella y a colores, pero a veces optamos por verla gris,
Y nos esforzamos plenamente por sentir dolor y pesar, por llorar.
Que la lluvia no es triste, da vida, pero no queremos entenderlo.
Que la luna no nos ve llorar, en cambio, nos acompaña en el viaje.
Que está bien sentir dolor, es parte de uno, pero no tiene que consumirnos.
Que lo malo también tiene algo bueno, y no todo lo “bueno” está bien.
Que la vida no son los alientos que te roban, sino saber aprovechar el aire que viene.
Que los barcos solo van a la deriva si nosotros los dejamos navegar sin capitán.
Que la música no suena igual si nosotros no la escuchamos correctamente
Y que los pájaros no cantan tan bello porque nosotros así lo percibimos.
Así que entendí que no necesitaba que estuvieras más, y por fin, al fin;
Pude matar esa quimera, ese delirio, ese espejismo.
No necesitaba que siguieras en mi vida, estuviste y no estuvo mal;
Me diste cosas buenas, pero no nuevas, ya las tenía antes.
Y dejé a mi corazón descansar, disfrutar el presente y no añorar.
Que la luz del ahora ilumine mi día y no la oscuridad del “y si hubiera”.
Es por eso por lo que sonrío, y descanso y respiro tranquilo, por que tú ya no estás.
Porque aprendí a vivir sin ti, y no por ti; sino por mí, por lo que soy y se me ha dado.
Y comprendí por fin que estar sin ti es solo otra opción, ya no necesito darle importancia.
Por eso, te solté, dejé que no estuvieras habitando ya en mí, ahogando mi paz.
Y me solté, y reí, y absorbí todo lo que el dolor me enseño, que es un gran maestro.
Y deje que la soledad no fuera amarga sino que fuera mi compañera y cómplice.
Que el silencio no se convirtiera en ruido insoportable, sino en el amigo que necesitaba.
Que la ausencia no fuera la enemiga, sino aquella aliada que me soportó e impulsó.
A través de este viaje, muchas personas llegarán y tantas más se irán.
Las quimeras solo asfixian, causan irrealidad y estupor. Son ilógicas.
Y nadie tiene el poder que no le dejamos ejercer en nosotros.
Y así, abrazo tu ausencia y dejo tu recuerdo, gracias, al fin y al cabo, lo disfruté.
Adiós.
